¿Por qué hablar tanto de la muerte, si solamente la veremos una vez en la vida y encima que, después de que nos haya abierto camino al otro mundo, ni siquiera se acordará de nuestro nombre? ¿Porque hablar tanto de ella, si sólo visita a los que no la esperan y hace esperar a los que desean conocerla? Pensar en su llegada hace que muchos pierdan el equilibrio y vivan intranquilos, expectantes, mordiéndose las uñas, asustándose con cualquier insignificante susurro. Porque la vida no es un juego de mesa y por ello, no es posible retirar las piezas y empezar una nueva partida cuando algo sale mal; hay que avanzar, aunque no tengamos más que cuatro peones; hay que resistir y seguir hacia delante luchando batalla tras batalla, sin rendirse, aunque nos tropecemos con cada piedra del camino y centenares de puñaladas nos impidan respirar con normalidad.
Por desgracia, no es hasta donde queremos llegar, sino lo que nos van a permitir alcanzar. No todo está en nuestras manos, el mundo es quien pone el límite y delimita nuestros movimientos. El futuro cada vez esta más crudo y lo que más me carcome es que no se haya encontrado aún alguna alternativa que lo solucione. Esa incógnita no para de darme vueltas por la cabeza, rebotando continua y duramente contra un cráneo ya debilitado por los golpes, haciéndome perder toda ilusión por continuar hacia delante. Pero como dice el compadre Agus, de los de marras, “así es la vida: por una que le robas ella cuarenta te quita; un juego sin sentido, un juguete del destino, así es la vida” y termina “así es la vida que me a tocado vivir y no me dieron a elegir y me como con patatas lo que tenga que venir”. Y la verdad que, como casi siempre, tiene mucha razón: la tierra sigue girando sin descanso y no podemos abandonar la partida, ni quedarnos quietos por miedo a resbalarnos en un suelo encharcado de lágrimas, de lluvia de desgracias; por precaución a poder abrirnos la cabeza en el golpe. Ante las trabas del camino tenemos que alzar la mirada, sacar pecho y continuar peleando, seguir para adelante, patinando contra corriente, saltando obstáculos, pisando el césped, dejando atrás las movidas, volando por encima del cielo, improvisando, que siempre será mejor que esperar quietos a que el mundo nos conduzca a la perdición. Yo lo intentaré y mientras me tenga en pie no voy a tirar la toalla. Soy consciente que los sueños no se regalan por la cara.
Estas palabras no son más que la representación de miles de ideas que me rondan por la cabeza. Escribir le ayuda a uno mismo a conocerse mejor, jugando a descolocar una mente saturada de pensamientos y preocupaciones sin ordenar. Y lo curioso que al final siempre llegamos al mismo punto, a lo que realmente importa, a reconocer lo afortunados que somos por estar vivos y poder vivir, propiamente dicho, con salud, amor y dinero. Porque pese a que nos encontremos flotando en un mar innavegable y no seamos marineros, siempre podremos buscar alguna alternativa, por muy mínima que sea, a esos quebraderos que nos hacen perder el norte y perdernos en este océano de penas y alegrias que es la vida. Hay que seguir caminando.
Por desgracia, no es hasta donde queremos llegar, sino lo que nos van a permitir alcanzar. No todo está en nuestras manos, el mundo es quien pone el límite y delimita nuestros movimientos. El futuro cada vez esta más crudo y lo que más me carcome es que no se haya encontrado aún alguna alternativa que lo solucione. Esa incógnita no para de darme vueltas por la cabeza, rebotando continua y duramente contra un cráneo ya debilitado por los golpes, haciéndome perder toda ilusión por continuar hacia delante. Pero como dice el compadre Agus, de los de marras, “así es la vida: por una que le robas ella cuarenta te quita; un juego sin sentido, un juguete del destino, así es la vida” y termina “así es la vida que me a tocado vivir y no me dieron a elegir y me como con patatas lo que tenga que venir”. Y la verdad que, como casi siempre, tiene mucha razón: la tierra sigue girando sin descanso y no podemos abandonar la partida, ni quedarnos quietos por miedo a resbalarnos en un suelo encharcado de lágrimas, de lluvia de desgracias; por precaución a poder abrirnos la cabeza en el golpe. Ante las trabas del camino tenemos que alzar la mirada, sacar pecho y continuar peleando, seguir para adelante, patinando contra corriente, saltando obstáculos, pisando el césped, dejando atrás las movidas, volando por encima del cielo, improvisando, que siempre será mejor que esperar quietos a que el mundo nos conduzca a la perdición. Yo lo intentaré y mientras me tenga en pie no voy a tirar la toalla. Soy consciente que los sueños no se regalan por la cara.
Estas palabras no son más que la representación de miles de ideas que me rondan por la cabeza. Escribir le ayuda a uno mismo a conocerse mejor, jugando a descolocar una mente saturada de pensamientos y preocupaciones sin ordenar. Y lo curioso que al final siempre llegamos al mismo punto, a lo que realmente importa, a reconocer lo afortunados que somos por estar vivos y poder vivir, propiamente dicho, con salud, amor y dinero. Porque pese a que nos encontremos flotando en un mar innavegable y no seamos marineros, siempre podremos buscar alguna alternativa, por muy mínima que sea, a esos quebraderos que nos hacen perder el norte y perdernos en este océano de penas y alegrias que es la vida. Hay que seguir caminando.
No hay comentarios:
Publicar un comentario